Joaquín decide que lo más sensato es buscar a un policía o un guardia, y su mirada recorre la calle con rapidez.
Observa tiendas, esquinas y gente caminando pero no ve a nadie que le inspire confianza.
El vagabundo le suplica que no llame a nadie, con una voz que suena quebrada por el miedo.
Dice que pedir ayuda les dará un motivo a los vigilantes para actuar. Joaquín se molesta porque siente que lo manipulan, y aprieta la mandíbula enojado.
Aun así, el temblor real del vagabundo lo hace dudar, porque no parece una actuación barata.
Joaquín piensa que está perdiendo tiempo valioso y la idea de llegar tarde se mezcla con el miedo.
La camioneta que estaba quieta avanza lentamente.
Joaquín siente que el ambiente cambia, y la piel se le eriza sin explicación.
El vagabundo se encoge, como si ya supiera lo que viene, y no deja de mirar hacia el mismo punto.
Joaquín se pregunta a quién puede confiarle esto, porque nadie parece notar nada.
Algunas personas pasan cerca y no miran la escena. Joaquín siente vergüenza de creer en historias raras, pero siente más miedo de ignorar una amenaza real.