El vagabundo baja la voz y se acerca para que nadie más escuche, su aliento huele a café viejo y humo.
Le dice a Joaquín que antes fue agente del gobierno.
Asegura que trabajó en operaciones especiales de las cuales nunca se guardó evidencia.
Dice que terminar en la calle fue parte del castigo.
Dijo que lo acusaron de alta traición y espionaje para un país enemigo.
Joaquín duda porque la historia suena exagerada,pero el miedo del hombre parece real.
El vagabundo mira a los lados como si lo persiguieran, y no deja de apretar la credencial.
Joaquín siente que la conversación ya lo metió en algo peligroso, aunque todavía no entiende qué.
El vagabundo señala con la barbilla una camioneta estacionada, y susurra que es de las personas que suelen encargarse de los cabos sueltos.
Joaquín mira y piensa que tal vez solo está paranoico.
El hombre insiste en que el simple contacto ya pone a Joaquín en una lista y que no importa si cree o no cree.
Joaquín siente ganas de irse, pero su curiosidad lo frena, porque quiere entender por qué lo involucraron.
Joaquín traga saliva y nota que el ruido de la calle bajó de pronto.
El vagabundo dice con frialdad que el tiempo se acaba, y le pide a Joaquín que no tome decisiones por orgullo.
La camioneta no se mueve pero Joaquin no puede evitar sentirse preocupado