El vagabundo menciona de forma nerviosa Aurora Negra y sus dedos se tensan sobre la credencial.
Explica que es un proyecto de vigilancia y control que opera en silencio, y que por eso casi nadie lo nombra.
Asegura que no siempre desaparecen a la gente, porque a veces conviene devolverla.
Dice que hay quienes regresan confundidos y sin memoria, como si les hubieran borrado solo los recuerdos comprometedores.
Joaquín intenta bromear para quitarse el miedo, pero el vagabundo no se ríe.
El hombre describe pasillos, luces blancas y preguntas repetidas, como si hubiera estado ahí muchas veces.
Joaquín siente que sus piernas empiezan a temblar por el miedo, y no sabe si huir o seguir escuchando.
De golpe, el vagabundo se queda callado y mira hacia un edificio, sus labios se mueven como contando segundos, y su respiración se acelera sin control.
Joaquín sigue la mirada y solo ve reflejos y sombras, pero la camioneta enciende las luces.
El motor suena bajo y la camioneta avanza unos centímetros, y ese detalle lo cambia todo.
El vagabundo agarra el brazo de Joaquín con fuerza, y le clava los dedos sin querer.
Susurra que ya no importa si Joaquín creyó en él o no, porque ya los vieron juntos.
Con pánico, el vagabundo dice que ya los encontraron, y su voz tiembla como si se quebrara.