Joaquín despierta amarrado a una silla metálica sintiendo dolor. Una lámpara lo ciega y le hace lagrimear.
Intenta moverse, pero las ataduras no ceden y comienza a desesperarse.
La habitación es fría y casi no se puede distinguir nada alrededor por la oscuridad.
Huele a humo y metal oxidado, lo que le provoca náuseas.
Trata de recordar el ataque, pero el último recuerdo que viene a su mente es el momento donde notó el dardo clavado en su cuerpo.
Entra un hombre de aspecto atemorizante con un parche en el ojo izquierdo fumando un puro.
Joaquín solo observa cómo camina como si nada lo preocupara.
De repente se sienta frente a Joaquín y lo observa fijamente.
Dice que Joaquín le dirá lo que sabe con un tono tranquilo y muy grave.
Joaquín intenta explicar que no sabe nada, pero lo callan, con un gesto mínimo de la mano.
El hombre menciona al vagabundo y dice que ahora duerme con los peces, como una advertencia de lo que le pasará si no se comporta.
Joaquín nota su propio temblor y siente vergüenza por tener miedo, pero no puede controlarlo.