Joaquín dice la verdad desde el inicio para no empeorar todo y habla despacio para no equivocarse.
Explica que iba al trabajo cuando el vagabundo lo detuvo y que solo escuchó por curiosidad.
Dice que no sabe nada de proyectos secretos ni conspiraciones y repite que no conoce a nadie importante.
El hombre del parche lo mira fijamente, luego golpea la mesa frente a ellos una sola vez y el ruido se intensifica con el eco del salón y Joaquín se asusta.
El interrogador afirma que esa historia es demasiado conveniente. Joaquín siente que no le creerán no importando lo que diga y traga saliva con miedo.
El interrogador saca una foto borrosa donde se ven Joaquín y el vagabundo y la sostiene frente a la luz.
Le dice que ese contacto ya lo vuelve parte del problema, aunque Joaquín no haya querido.
Joaquín intenta defenderse, pero las palabras se le mezclan y su voz suena débil.
La lámpara hace que el rostro del hombre se distinga perfectamente, su aspecto intimida a Joaquín.
Él entiende que la verdad solo sirve si el otro quiere creerla y eso le causa frustración.
El interrogador ofrece dos caminos cooperar o acompañar al vagabundo.