El hombre propone una prueba para confirmar quién es Joaquín.
Afirma que si es un ciudadano común, su vida debe ser verificable.
Menciona una llamada al trabajo o a un jefe para comprobar la rutina y pone un teléfono sobre la mesa.
Joaquín se congela porque sospecha que es una trampa.
Si da información real, podrían controlarlo con facilidad y si se niega, parecerá culpable.
El hombre lo mira esperando una decisión inmediata y Joaquín intenta pensar.
La habitación queda en silencio y Joaquín escucha su propio pulso.
Recuerda la advertencia del vagabundo sobre el hombre del parche y ese recuerdo no deja su mente en paz.
También recuerda que mentir puede perjudicarlo más que beneficiarlo.
El interrogador dice que su paciencia se termina, y los guardias se acercan un poco.
Joaquín siente la presencia de los guardias a su espalda y sabe que la presión aumentará.
Aun así, decide que su elección debe garantizar su libertad, aunque tenga costo.
Antes de hablar, piensa con miedo que su decisión determinará si vive o muere y finalmente responde.